El Ingreso Mínimo Vital o la cirrosis de los patriotas al hambre ajena.
Debe de ser durísimo ser patriota de plató, levantarse cada mañana, mirar al país desde el asiento calefactable del coche oficial de sus opiniones y descubrir que hay gente que come gracias al Ingreso Mínimo Vital. ¡Qué ofensa! ¡Gente comiendo sin pedir permiso al “mercado”! Qué escándalo, piensan, que un Estado use dinero público no para rescatar aerolíneas o recalificar campos de golf, sino para evitar que un niño cene pan y leche toda la semana. Horror, el pobre se nos relaja.
La ultraderecha y su aquelarre mediático han hecho del IMV su saco de boxeo favorito. Lo acusan de fomentar la vagancia, de fabricar parásitos, de ser la paguita de los que “no quieren trabajar”. Siempre es fácil hablar de esfuerzo cuando uno nació con el colchón hecho de los dividendos que papá o mamá ganaron para ti, pero el IMV no es una limosna. Es el impuesto mínimo a la decencia. Reduce la delincuencia, baja la conflictividad y asegura que la desesperación no se convierta en rabia colectiva, porque quien come, no atraca, es simple y se estudia en las universidades desde hace tiempo. Un país que garantiza un suelo de ingresos garantiza también un suelo de paz, algo que los defensores del caos disfrazado de “libertad económica” parecen olvidar.
Económicamente, el IMV es ese hilo que mantiene tensada la red del consumo básico. Mientras algunos siguen soñando con que la economía “se autorregule”, las familias receptoras del IMV mantienen abiertas tiendas, panaderías y mercados. No sé quién necesita clases de economía, quien ve al pobre como un número rojo o quien entiende que sin el pobre consumidor, el rico se queda sin negocio.
Por supuesto, el IMV requiere un itinerario sociolaboral real, no un PowerPoint hecho para pasar el trámite. Sin formación, acompañamiento ni incentivos, se corre el riesgo de que esa ayuda temporal se convierta en condena perpetua. Pero, curiosamente, quienes más gritan a favor del IMV son también quienes menos interés muestran en que esa salida exista. Porque si el pobre progresa, deja de votar por miedo. Y eso, para algunos, sería un drama irreversible.
Mientras tanto, las teles seguirán ofreciéndonos su reality favorito, la caza del subvencionado. Con sus expertos de tertulia, esos Mauricios Colmeneros de sofá que jamás pisaron una oficina de empleo, explicándonos que 500 euros al mes destruyen el país. Qué casualidad, los mismos que callan cuando se perdonan millones a empresarios patrióticos de esos de cuentas opacas sabe Dios dónde…
El IMV no es el problema, es el espejo. Y ya sabemos lo que pasa cuando ciertos sectores se miran al espejo, no soportan ver que el único parásito que devora recursos sin dar nada a cambio no vive en un piso de protección oficial, sino en la planta noble de un consejo de administración cobrándose favores pasados.
Juanlu Rodríguez.













