El cuñadismo de la ultraderecha
El cuñadismo de ultraderecha es tan vago que da vergüenza ajena. No tienen una idea original ni aunque les vaya la vida en ello; tiran de un corta y pega histórico que huele a rancio desde el búnker. Antes, el «coco» para asustar a los abuelos en el bar del pueblo era el «judeobolchevismo»; hoy, para no perder la costumbre de inventarse enemigos imaginarios, han desempolvado el mismo truco barato del nazismo y lo llaman «islamoizquierda».
Cambian los cromos del álbum del odio, pero la neurona superviviente sigue siendo exactamente la misma, tan triste y solitaria como de costumbre.
Lo patético es ver a los votantes de esta vomitiva tropa tragarse el bulo con patatas, aplaudiendo con las orejas cada vez que un político con gomina, habitualmente heredero de una fortuna que ni de coña ha sabido labrarse por sí mismo, les suelta el discursito del miedo. Les da igual que no haya un solo dato real, que la sanidad se caiga a trozos, que el alquiler esté por las nubes, que la educación vaya cada vez peor o que la cesta de la compra se ponga tan imposible como llenar el depósito sin un buen avalista que vaya contigo a la gasolinera. Imaginaros si hay cosas suficientes para criticar al gobierno sin hacer el tonto. Pues ellos prefieren vivir en un capítulo malo de serie de Antena 3 donde el PSOE, Sumar y medio planeta están confabulados en una gran conspiración secreta para destruir Occidente.
Es el refugio perfecto para mentes devoradas por la telebasura, los hilos de Twitter o los presentadores arcaicos de la COPE; echarle la culpa al extranjero de turno o al político progresista de todos sus fracasos vitales, mientras votan a Cayetanos con traje de papá que les roban en la cara y luego les venden la patria a trozos a los «Quirones» de turno.
Al final, el votante de ultraderecha traga con esta farsa porque necesita desesperadamente un enemigo al que señalar para no asumir que el verdadero problema es su propia ignorancia. Votan a cobardes que reciclan la propaganda nazi del siglo pasado porque no les da la cabeza para más, convirtiéndose en los tontos útiles de unos cínicos que viven del cuento de la confrontación.
Menos mal que la historia no se repite, porque con el nivel intelectual que se gastan estos adalides de la civilización, si tuvieran que organizar una «cruzada» de verdad, acabarían perdiéndose en el parking del Mercadona…
Juanlu Rodríguez.
































