Los perros del prostíbulo y del contrato público.
España lleva décadas viviendo de escándalo en escándalo; una tragicomedia tan vieja que ya ni nos asomba. Aquí no gobiernan políticos, gobiernan tramas mafiosas con sede física y comités de prensa. La realidad es que estamos es un país donde el poder se hereda por turnos, cual péndulo infernal, y donde la vergüenza se alquila por horas.
Por un lado, el club del pecado progresista; tipos con discurso feminista en campaña y con los culos pelados de pasearlos por las casas de putas o de pedirlas a domicilio, como si fueran pizzas barbacoa, cómo no, a cargo del bolsillo del pueblo que decía representar. Entre ellos, algún macho alfa que firmaba leyes por la mañana y acosaba secretarias por la tarde, demostrando que la Igualdad era un eslógan, pero nada de convicción en ello. Todo muy moderno, muy inclusivo, pero con el mismo tufo rancio y apestoso de siempre.
Y enfrente, la otra familia: traje azul oscuro, corbata de seda con un nudo gordo como el sillón de una Guzzi ochentera, misal los domingos, comisión el lunes y reuniones con amigotes los martes para rendir cuentas y cobrar en sobres los favores de la comisión del lunes. Los campeones del “emprendimiento” que confunden libre mercado con contratar al primo, al cuñado o al marido de la concejala.
De un lado, cursos de igualdad; del otro, dietas ficticias. De un lado, el discurso de la ética; del otro, el negocio del enchufe. Pero al final, el dinero acaba donde siempre: en los bolsillos de tanto delincuente con secretaria y coche oficial. Cambian los tonos de voz, cambian los escenarios, pero la escaleta y el texto siguen siendo los mismos.
El país ha visto de todo. Millones de euros evaporados en cursos de formación con los parados padeciendo penurias; jubilaciones de gente que no existía; contratos de mascarillas adjudicados a amiguetes sin empresa; comisiones familiares disfrazadas de gestión eficiente; sobres, jaguares, relojes, ordenadores destrozados a martillazos, sedes pagadas en negro y hasta alguna orgía que se pagó con presupuesto público.
Y mientras tanto, el ciudadano de a pie sufriendo, pagando y preguntándose cómo demonios siguen sonando las mismas voces de hace treinta años, todavía vendiendo pureza desde el atril. El cinismo ya es tan grande que los puteros dan lecciones de feminismo, los corruptos hablan de justicia social y los herederos de las cloacas predican austeridad. Es un teatro que ni Berlanga habría imaginado, una España que se desangra entre contratos amañados y prostíbulos con facturas falsas, mientras los protagonistas siguen saliendo en los telediarios con cara de santos torturados.
El público, ya resignado, mira y aplaude porque “todos son iguales”. Esa frase, esa maldita frase, es la gasolina del sistema. Aquí los culpables no se castigan, se reciclan; vuelven maquillados, con discurso nuevo y fotón elegido por la agencia de comunicación de turno que también pagamos nosotros. Los miramos, escuchamos sus promesas limpias y sabemos que están mintiendo, pero total, ¿a quién vamos a votar, al otro ladrón? España es ese país donde un corrupto y un putero pueden darse la mano sin rubor en el Congreso, mientras en la calle un ciudadano honrado pelea por llegar a fin de mes.
Y así seguirá todo, hasta que la gente entienda que el problema no son los nombres ni los colores; el problema es que seguimos llamando democracia a este negocio mafioso de proxenetas morales y gestores profesionales del robo del dinero público.
De tu dinero, vamos. Del mío, del de tus hijas e hijos, del de las abuelas y abuelos…
Juanlu Rodríguez.













