Populismo, el reality mugriento que nunca termina

(COAC) 2ª Sesión semifinales

Populismo, el reality mugriento que nunca termina.

Primero llegó el populismo morado de izquierda, esa patética parodia de revolución digital con coleta y gritos, venas en el cuello cual falo emergente, ceño fruncido perenne y asambleas que duraban más que las obras de la Sagrada Familia. Prometían asaltar los cielos con lazos violetas y utopías de igualdad absoluta. ¿Resultado? Se arrimaron al poder como moscas a la miel, instalándose en despachos con dietas parlamentarias y asesores al por mayor. Gritaban «la gente, la gente», pero se olvidaron de escuchar a la gente de verdad, esa que paga facturas mientras ellos debatían el orden del día en sillones ergonómicos y se compraban casoplones en barrios residenciales. El «sí se puede» se transformó en un «sí se cobra». Vaya chasco ¿no?

Diez años después, zas. Entra en escena el verde rancio de derecha, con banderitas de saldo, épica de cruzada barata, olor a naftalina, UHF y colores en blanco y negro. Cambiaron la casta por «los invasores que nos quitan lo nuestro», las plazas por TikToks furiosos y las consignas por memes xenófobos. Cocinan miedo puro, sazonado con nostalgia de tiempos teñidos en blanco y negro, donde la innovación era un televisor Inter Grundig y los de fuera no molestaban porque nadie quería venir al infierno gris que la dictadura nos regalaba. Sirven raciones de «lo nuestro primero» en reels de 15 segundos, y el algoritmo les lame las botas porque el odio vende muchísimo más que la razón. Son los mismos de siempre, reciclados con un falso filtro patriótico que sin embargo se somete sin complejos a las nuevas proclamas Trumpistas, ya sabéis; lo que propone ese Tío Gilito americano que una sociedad enferma catapultó a la Casa Blanca.

Pero el colmo del ridículo no está en esos dos payasos miserables del circo extremo, con menos gracia que un sevillano Domingo de Ramos metido en agua. Está en los fantoches que nos gobiernan o en los que babean por el sillón presidencial, esos mediocres que se cagan encima ante la mínima encuesta adversa. Juraban moderación eterna, sensatez y diálogo como quien recita un catecismo. ¿Y qué hacen? Se tiran de cabeza al fango populista, lamiendo botas moradas o verdes según convenga, polarizando hasta el absurdo por no perder su pedacito de moqueta y poder. Temen quedarse sin focos, sin likes, sin ese subidón electoral que les asegure su único modo de vida, así que avivan el fuego cada día con declaraciones tóxicas y guiños cobardes a los ultras. Gobiernan con el móvil en la mano, contando retuits en vez de resolver problemas reales. Han convertido la democracia en un plató cutre de realities al más puro estilo Tele5, con guiones previsibles y un público cada vez más aborregado aplaudiendo cada bronca presente y futura. El ciudadano, ese pobre pringao que sólo sabe pagar el sueldo a cada día más políticos inútiles, traga el veneno diario entre scrolls infinitos y notificaciones furiosas. Cree que opinar en mayúsculas es participar, que el grito es argumento y el meme es verdad revelada. Reflexionar da cada día más pereza y a veces provoca migrañas,
escuchar al de enfrente es de blandos y dudar te convierte en traidor al equipo. Así nos tienen, idiotizados en este carrusel eterno de morados fracasados y verdes histéricos, mientras los del centro, esos de rojo y azul, venden el alma por un puto voto asqueroso.

La gran rebelión verdadera sería tan simple… Parar el scroll un segundo, encender esa neurona dormida y escuchar de verdad, sin postureo ni hashtags. Mirar al de enfrente como persona, no como un enemigo prefabricado por ideologías trasnochadas. Pero claro, pensar de verdad no da trending topics, no llena teatros ni engorda el ego.

Más seso y menos ruido, aunque las modas y los modos vayan por otro lado. Ojalá lo hagamos alguna vez y ojalá no tardemos demasiado en hacerlo.

Juanlu Rodríguez.

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