La eterna queja: cuando mejorar también molesta
Hay algo profundamente nuestro —y no precisamente admirable— en esa tendencia casi automática a criticar cualquier cambio, incluso cuando responde a una necesidad largamente reclamada. Lo estamos viendo estos días con la instalación de iluminación en el parque Oromana, una mejora que muchos vecinos venían pidiendo desde hace años.
Porque la realidad era evidente: al caer la tarde, pasear por el parque se convertía en una experiencia incómoda e incluso insegura. La falta de visibilidad no solo limitaba el disfrute de uno de los espacios naturales más emblemáticos de la ciudad, sino que también generaba inquietud entre quienes simplemente querían caminar, hacer deporte o desconectar al final del día.
A esta situación se suma la reciente apertura de un bar kiosco en el parque, una iniciativa que, guste más o menos, implica actividad, movimiento y, por tanto, la necesidad básica de iluminación. No se puede apostar por dinamizar un espacio público y, al mismo tiempo, pretender que permanezca en penumbra.
Sin embargo, como suele ocurrir, la solución ha traído consigo una nueva oleada de críticas. Que si las luces son demasiado modernas, que si rompen la estética natural del entorno, que si pueden molestar a la fauna… Argumentos que, aunque en algunos casos pueden tener una base razonable, parecen responder más a una resistencia al cambio que a un análisis equilibrado de la situación.
Resulta curioso que durante años se haya denunciado la falta de iluminación y, cuando finalmente se actúa, el foco se desplace hacia cualquier aspecto susceptible de reproche. Como si mejorar nunca fuese suficiente. Como si siempre hubiera que encontrar un pero.
Esto no significa que no se deba vigilar el impacto ambiental o cuidar la integración estética de las infraestructuras. Por supuesto que sí. Pero también es necesario poner en valor los avances y entender que gestionar un espacio público implica encontrar un equilibrio entre conservación y uso ciudadano.
El parque Oromana no es solo un enclave natural: es también un lugar de encuentro, de convivencia y de vida social. Y para que cumpla esa función en condiciones, necesita adaptarse a las demandas de quienes lo utilizan.
Quizá ha llegado el momento de revisar no solo las decisiones que se toman, sino también nuestra manera de reaccionar ante ellas. Porque si cada mejora se convierte en motivo de polémica, corremos el riesgo de quedarnos anclados en la queja permanente, esa que no construye, que desgasta y que, al final, no ilumina nada.
































