El burkini, la prenda de la hipocresía.
En las piscinas hemos perfeccionado el arte de disfrazar el odio de normativa técnica. Existe una especie de «normativa del cloro» que intenta decidir de forma repugnante, quién tiene derecho a sumergirse y quién es un agente patógeno en potencia.
Si un hombre que se ha sometido a una cirugía bariátrica (por ejemplo, un bypass gástrico) decide usar una camiseta técnica para ocultar la piel sobrante que le avergüenza, el sistema le abre la puerta. Se le permite. Es deporte, es salud, es una concesión piadosa a su complejo.
Pero ¿qué sucede cuando la tela no oculta una cicatriz aprobada por el canon, sino la fe o la elección de una mujer musulmana?
La careta cae. El mismo tejido sintético, la misma fibra, el mismo uso acuático, se transforman en una afrenta a la higiene o una amenaza a nuestros valores. Es el cinismo más puro. Es un ejercicio de racismo de alcantarilla que utiliza el reglamento de una piscina para marcar el territorio con el meado de la intolerancia.
Aquí es donde el racismo se da la mano con el machismo más rancio y asqueroso. Entra en escena la farsa definitiva; la excusa del feminismo de salón. Esa retórica que prohíbe el burkini bajo el pretexto de que la mujer puede estar siendo oprimida por su marido. ¿Desde cuándo el ciudadano medio, en virtud de lo que una mujer vista en una piscina municipal, tiene la potestad de auditar los matrimonios ajenos? ¿Desde cuándo nos importa la libertad de las mujeres musulmanas cuando, en el mismo instante, las acosamos por vestir como les da la gana? Es un paternalismo colonial asqueroso, utilizado como ariete para ocultar un prejuicio simple y llano. El racismo y el machismo se retroalimentan; odian que una mujer decida que su cuerpo no es un escaparate para el consumo público.
Pero hay un miedo más profundo, más viscoso, que estos supuestos «guardianes de la civilización» no se atreven a verbalizar; el miedo que sienten a que el burkini se vuelva viral. Tiemblan ante la posibilidad de que millones de mujeres occidentales, hartas de ser esclavas del bisturí, de las dietas y del canon imposible de belleza que las obliga a exhibir una perfección inexistente, empiecen a usar prendas de cobertura total.
El racista no teme la religión, teme que la mujer se libere de la obligación de ser un objeto público de exhibición. Si todas las mujeres (las que tienen estrías, las que tienen celulitis, las que no encajan por cualquier motivo en el maniquí de plástico que nos venden) descubren que pueden nadar cubiertas sin pedir permiso a los jueces de la estética, el sistema se derrumba.
La piscina dejaría de ser un desfile de vanidades para convertirse, por fin, en lo que debería ser; un espacio público.
Quienes prohíben el burkini no son higienistas, ni feministas, ni defensores de nada. Son tiranos que se alimentan del rechazo, indigentes mentales cuya única identidad reside en sentirse superiores a alguien a quien puedan señalar. Su racismo es un parásito que necesita ver al otro fuera del agua para convencerse a sí mismos de que ellos son los normales.
La próxima vez que alguien se escude en el reglamento para vetar a una mujer, que deje de insultar nuestra inteligencia con su supuesta preocupación por el bienestar femenino. Su problema no es un marido opresor imaginario, su problema es que odian la libertad de quien no se pliega a sus dictados. Al final, el racista es el único que realmente ensucia la piscina; una mancha de podredumbre moral que, a diferencia de cualquier prenda de baño, no se va con el cloro, sino que se queda en la conciencia de quien la porta.
Juanlu Rodríguez.


















































