El pedestal de barro y la amnesia colectiva.
Qué maravillosa es la muerte para limpiar el expediente de un artista. Es el desinfectante social definitivo; basta con estirar la pata para que tus delitos se evaporen y el público te fabrique un altar inmaculado.
Al parecer, rimar bien o dominar el pincel te otorga una bula papal automática para ser un miserable de puertas adentro.
El último caso de esta milagrosa santificación nos toca de cerca. El Ayuntamiento de Cádiz ha tenido que frenar el homenaje a Juan Carlos Aragón en el Paseo de la Fama tras toparse con el incómodo aguafiestas de la realidad en forma de sentencias judiciales firmes por violencia de género.
Menudo contratiempo para el mito. El «Capitán Veneno», erigido tras su muerte en el filósofo rebelde de la comparsa, resulta que practicaba en privado el mismo machismo rancio que luego criticaba con golpes de pecho y rima asonante sobre las tablas del Falla. La coherencia era esto.
Pero no seamos provincianos, el club de los genios indeseables tiene un pedigrí internacional envidiable. Ahí tenemos a Picasso, revolucionando el cubismo mientras trituraba psicológicamente a sus musas, a las que definía como «máquinas de sufrir». O por ejemplo Caravaggio, que inventó el claroscuro entre puñalada y puñalada, porque el arte barroco se entiende mejor si eres un asesino prófugo ¿No?
La música y las letras también rebosan «virtud». Wagner componía óperas sublimes mientras redactaba panfletos antisemitas que habrían hecho sonreír al mismísimo Hitler, e H.P. Lovecraft parió el terror cósmico simplemente porque le daban asco y pánico los inmigrantes.
En el Olimpo de la música pop, John Lennon nos pedía con voz angelical que imagináramos un mundo en paz mientras en su salón golpeaba a su esposa de forma cruel y cobarde y Chaplin nos enternecía con su personaje Charlot mientras coleccionaba matrimonios con menores de edad.
Por no hablar de Marlon Brando, que consideró que la mejor forma de pasar a la historia del cine era compincharse con el director para perpetrar una agresión sexual real a una actriz de 19 años en El último tango en París.
El socorrido mantra de «hay que separar al artista de su obra» es un invento fantástico para disfrutar de un pasodoble, una canción, una película o un cuadro sin que nos pique la conciencia. El problema es cuando las instituciones públicas se empeñan en confundir el valor de una partitura con un certificado de buena conducta, regalando estrellas en el suelo y estatuas públicas a tipos que no pasarían el filtro ético de una comunidad de vecinos.
Nadie pide hogueras para las coplas de Los Millonarios, Araka la kana, Los Yesterday o Los Ángeles caídos. Que sigan sonando en bucle. Pero la madurez cultural consiste en admitir que se puede escribir como los ángeles y a la vez comportarse como un miserable despojo humano. La estrella que hoy le falta a Aragón en la acera no es censura; es el saludable recordatorio de que ningún verso, por muy hermoso que sea, sirve de escudo contra la bajeza moral. El arte será inmortal, pero la impunidad, por fin, ha dejado de cotizar al alza.
Postdata; en Cádiz hay actualmente un colegio con el nombre del susodicho genio, o artista, o maltratador, o seguramente todo a la vez.
Juanlu Rodríguez.


































