LA RESISTENCIA

Hernán

Quizás pasa por tu lado, es un hombre menudo, o pasas por el suyo, no te darías cuenta de que está ahí, pero está, su mirada en estos siete días ha pasado de «nadie me echa cuenta pero estoy aquí y lo sabes».

Lo sabes cómo lo sabemos todos, qué gran putada, Isabel pantoja se pelea en la Isla por una lata de choped y yo estoy aquí siete días, sin probar bocado, en huelga de hambre. El chiste es de él, porque entre sus muchos trabajos está el de humorista, y no ha perdido ese toque a pesar de las circunstancias.

La redes sociales le han hecho bien y mal a partes iguales, y no ha dejado el sentido del humor, porque la gente de verdad, está con él, porque tiene un par de huevos, bien puestos, y no se va a ir de la puerta del Ayuntamiento hasta que no le den trabajo. Ya está, no quiere nada más, él sólo contra el sistema. Contra el macabro y absurdo sistema, contra el que sólo cabe la dignidad.

Su vida es como la de cualquiera, unas veces le fue bien y otras menos bien, pero las de menos bien pesan, joder si pesan, pesan como su puta madre, porque tienen que pesar, porque ya no tienes nada, salvo la dignidad.

Los que estamos allí hemos aceptado la regla de no hablar del comer, dice que no piensa en ello, que así le va mejor, busca con la mirada el sitio donde va a dar con sus huesos esta noche, -«aquí no dará el aire»- dice, pero dará el aire, le acompañará la soledad, algún que otro «colgao» y una manta de las gordas, de las de invierno, de las que no caben en la lavadora, en cada hilo de esa manta va el cariño de la gente y la esperanza de que mañana sea el día y te vayas con un contrato bajo el brazo, uno de esos que prometen tanto para que la gente los vote y vivan a cuerpo de rey cuatro añitos más. LLega un médico y le pincha para saber cómo va el azúcar, está dentro del límite, bien, el puto límite que se está saltando a base de Coca-Cola, bendito refresco.

El hambre, qué palabra más grande para una sociedad que vive en las redes sociales haciéndose el vacío, insultándose o quebrando, a golpe de troles y trolas, la última de las fronteras del hombre, la intimidad.

Su historia no me importa, porque su historia puede ser la tuya, su historia es una de tantas en esta ciudad de hambre, su historia es la historia del pisoteo y el ninguneo sistematizado del que no pasa por el aro de cualquier manera. En una ciudad donde los que están calladitos cada vez están más calladitos, y la mordaza pesa; en una ciudad donde los partidos políticos se van a reunir para constituir un gobierno donde vivir mejor; no dicen quien va a vivir mejor, eso queda para las cabezas pensantes, para los listos del barrio, para los de las buenas notas y los Master en Deusto y para algunos de los «calladitos», mientras haya presupuesto, claro está, todos los «calladitos» tenemos un pie en el pellejo de Hernán lo que pasa es que no nos hemos dado cuenta todavía.

Me decía hoy, -«me siento abrumado con tanto cariño», joder, yo sí que me siento abrumado, porque soy tú, uno más, solo que tú tienes unos cojones como las bolas de los leones de las Cortes y yo no se sostenerle la mirada a tu verdad.

El hambre, seguramente, la última frontera de la dignidad humana.

La Opinión de Diego Valor.

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